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sábado, 18 de agosto de 2018

Con O de Odio




Me paso el día diciéndoles a mis amigas que odiar es una palabra demasiado fuerte como para decirla tan a la ligera. Yo odio estar solo, tú odias tus dientes torcidos, él odia a esa persona...

Odiar a alguien es hacer una bola interna con todo lo que te molesta de ella e intentar lanzársela a la cara o incluso a la espalda cuando no mira, que no sé qué es peor. Que no sé qué te hace peor. 

Odiar perjudica no al que la recibe, sino al que la lanza con toda su rabia.

El odio se lo dejo a las personas necias que no son capaces de entender que solo están perdiendo su preciado tiempo y encima se lo están regalando a quien no se lo merece.
Borra a esa persona de tu vida, y cuando no quede ni rastro de ella, entonces pierde el tiempo con quien te ayude a encontrarlo.

No hace daño quien quiere sino quien puede.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Con todas las letras, por todas las partes



Entramos en su habitación, enciende la luz y me mira sonriendo. Me quedo inmóvil mientras me va quitando la ropa. Lo hace con movimientos mecánicos, como si hubiera nacido para ello y llevase tiempo preparado.
Se queda de pie mirándome y vuelve a sonreír:
-          Eres preciosa.
Me mira a los ojos durante cinco segundos y me acaricia el pelo con la misma mano que seguidamente recorre mi cuerpo, cada una de mis curvas. Se detiene entre mis piernas, dejándome sin respiración mientras me explora.
Yo, no puedo apartar la vista de sus ojos, azules, intensos, hielo, imponentes.
Sin avisarme, me da la vuelta y me veo reflejada en el espejo que está colgado de la pared de su habitación. Me miro el cuerpo mientras él me lo recorre. Mi vista se fija en mi pelo que está muy sucio, mañana tendré que lavármelo sin falta. Él pasa de nuevo la mano por mi cabeza y noto como me inspira la nuca cerrando los ojos para hacerlo.
Si, definitivamente, me tengo que lavar el pelo.
Pasea la mano por mis senos y se mete dentro de mí. Abro mucho los ojos, no me lo esperaba. Jadea con la respiración entrecortada mientras su mano se agarra a la mía y la entrelaza. Coge ritmo y me quedo observando nuestro reflejo en el espejo y cómo nuestros cuerpos parecen moverse al compás sin encontrarse al mismo tono. Llega al clímax y se corre lentamente llenándome de vacío. Cuando se relaja un poco, me vuelve a dar la vuelta para mirarme a la cara y con suavidad, me acaricia la mejilla.
Me mira fijamente a los ojos y me besa con fuerza como si mis labios le pertenecieran más que nunca.
-          Mira que eres preciosa.
Se separa, despegando del todo nuestros cuerpos y se echa unos centímetros hacia atrás para observar mi cuerpo de arriba abajo con verdadera admiración. Seguidamente se da media vuelta y se mete en el baño. Me giro de nuevo lentamente y me miro en el espejo. Estoy cansada. Tengo una mancha en la cara marrón. Siento que la suciedad invade mi cuerpo, mañana tendré que ducharme un par de veces para que el pelo me quede completamente limpio y brillante. Me quedo inmóvil, esperando a que salga. Todavía me tiemblan las piernas por el acto pero no me apetece sentarme.
Él sale del baño y ve que sigo en el mismo lugar. Se acerca por detrás y me acaricia los pechos mientras me susurra al oído:
-          Espero que hayas aprendido que no debes ir sola por la noche. Qué suerte has tenido de encontrarme.
Mi reflejo me devuelve su mirada con ojos penetrantes desde el espejo. Algo en mi interior se fractura. Se rompe en mil pedazos. Y me grita que huya, que corra todo lo lejos que pueda. Empiezo a verme borrosa y aunque hago un esfuerzo por abrir cada vez más los ojos, al final acabo por perderme de vista.
 Antes de caer al suelo desmayada, pienso en mi perro, que está solo en casa y se me ha olvidado darle de comer esa mañana.


martes, 14 de agosto de 2018

Entre tú y yo


Hay distancias que duelen. Distancias que huelen a despedida. Distancias que asustan a primera vista. Y a segunda. Y esperas que no haya última. Distancias que funcionan y que son necesarias.
Hay distancias que con amigas se recorren en tres frases y cuatro risas. Y que cuando las tienes en frente, te das cuenta, de que no existían.
Y es que las distancias solo son excusas para aquellos que no quieren abrir los ojos y prefieren cerrar la boca. Que saben que la relación tiene punto final pero se esconden detrás de una coma. Palabras vacías que intentan expresar algo, que todavía lo está más.
Yo cometí el error de llamar distancia a lo nuestro, cuando los kilómetros no tenían la culpa, de que nosotros no quisiéramos recorrerlos. Parecía más fácil así. Y aunque de vez en cuando recorrimos esa distancia, nunca lo hicimos a la misma velocidad. Ese fue nuestro problema.
Yo fui demasiado rápido, y para cuando quise darme la vuelta, tú ya no estabas. Y la ostia fue bien grande. Pero no llegaste a verla. Ni tampoco pudiste levantarme del suelo, ni curarme las heridas. Y maldije a la distancia por haberte dejado tan lejos. Sin darme cuenta, de que la que lo había hecho, había sido yo.
Fui tan cobarde que aún hoy me asusta volver a serlo. Y por eso te dejé ir, aunque en realidad, tú ya te habías marchado. Convertimos nuestra distancia en un precipicio sin puente, y ninguno fuimos lo suficientemente valientes como para lanzarnos al vacío y decir lo que pensábamos. O mejor dicho. Lo que ya no sentíamos.
Pero te prometo, que ya no volveré a acobardarme tras una palabra vacía. Que seré valiente y llamaré a cada cosa por su nombre. Solo por lo que no fue, pero pudo haber sido.
La tuya y la mía se convirtió en una de esas distancias,

Insalvables.